El fraile franciscano Bernardino de Sahagún
en su obra monumental "Historia General de las cosas de Nueva España",
en la que trabajó durante treinta años, escrita en castellano y nauatl,
dejó las siguientes palabras sobre este dios:
Capítulo IV, trata del dios que se llamaba Tláloc Tlamacazqui.
"Este dios llamado Tláloc Tlamacazqui era el dios de las lluvias.
Tenían que él daba las lluvias para que regasen la tierra, mediante la
cual lluvia se criaban todas las yerbas, árboles y frutas y
mantenimientos. También tenían que él enviaba el granizo y los
relámpagos y rayos, y las tempestades del agua, y los peligros de los
ríos y de la mar. En llamarse Tláloc Tlamacazqui quiere decir que es
dios que habita en el Paraíso Terrenal, y que da a los hombres los
mantenimientos necesarios para la vida corporal. "
¡La
naturaleza! Nos rodea y nos ciñe; somos incapaces de salir de su ámbito
e incapaces también de penetrar en ella más profundamente...
Vivimos dentro de ella y le somos ajenos. Habla con nosotros sin cesar y no nos revela su arcano...
A cada uno se le aparece en una figura peculiar. Se esconde bajo mil nombres y formas y es siempre la misma...
Goethe
El
texto que sigue a continuación forma parte del primer capítulo titulado
"La concepción de la realidad" de la obra de Paul Westheim "Ideas
fundamentales del arte prehispánico en México", Alianza Editorial,
Madrid 1987.
"Dada la visión de la naturaleza del
hombre de pensamiento mágico, el quehacer artístico precolombino
constituye una vía para descifrar los misterios de la existencia humana y
de las fuerzas sobrenaturales y un procedimiento para fijar los
acontecimientos cíclicos, el curso renovado del tiempo y la intervención
del hazar. Como señala Paul Westheim, la mitología del espíritu
precortesiano exige métodos de elucidación apropiados para reconocer la
deslumbrante originalidad de sus valores y formas, para comprender la
visión del mundo que cada artista anónimo se propuso transmitir mediante
el volumen o el color y para escribir la estructura cultural que
determinó esas creaciones". (De la contraportada del libro)
La
realidad que el hombre es capaz de captar es una interpretación de la
realidad. "El mundo es mi representación", dice Schopenhauer. El hombre
"no conoce ningún sol ni ninguna tierra, sino sólo ese ojo suyo que ve
un sol, sólo esa mano suya que toca la tierra", y sólo conoce ese
espíritu suyo que capta sol y tierra y todo lo demás y lo interpreta
según su conocimiento.
Códice precolombino de Laud
La
realidad como tal ha sido idéntica e inmutable desde que existe nuestro
mundo, pero lo que cambia constantemente es la interpretación mediante
la cual el hombre se esfuerza por comprener el misterio de la realidad.
Para la ciencia, que es una de las interpretaciones del universo -la
actual-, ese cambio se llama "progreso científico" y consiste en
adquirir nuevos conocimientos y desechar como anticuados y
anticientíficos los conocimientos que en épocas pasadas se consideraban
"hechos incontrovertibles". En el curso de siglos y milenios, la
humanidad ha encontrado nuevas explicaciones para los mismos fenómenos
naturales; y en cada caso la última le ha parecido la única acertada.
Durante miles de años antes de Kepler se creyó que el sol recorría la
bóveda celeste por encima de la tierra, y esta creencia era una de las
bases más firmes de las ciencias naturales. Los griegos la
personificaban en la imagen de Apolo que conducía el carro del sol a
traves de las regiones del éter. Hasta el momento, muy reciente, en que
se logró la fisión del átomo, lo cual dio lugar a una transformación
revolucionaria del pensamiento científico, todo el mundo "sabía" que el
átomo era una unidad última e indivisible, e incluso con este
"conocimiento" se trabajaba en la práctica científica, así como en la
actualidad se empieza a emplear prácticamente la energía atómica. Ya
Newton dijo que en el fondo no existen las llamadas leyes de la
naturaleza; que éstas no pasan de ser fórmulas, útiles para comprender
algunos de los fenómenos naturales. Fórmulas, podemos agregar, que,
según el nivel científico de cada época y el concepto del mundo
expresado en él, han servido para comprender un fenómeno de otra índole,
inquietante desde los albores de la humanidad: el antagonismo entre el
hombre y el universo.
Folio
I del códice Fejévári-Mayer. La cubierta de este manuscrito
precolombino presenta los conceptos de orden cósmico: los cuatro puntos
cardinales están relacionados con los colores particulares, pájaros y
árboles con un marco en forma de cruz de Malta con 260 puntos, en
alusión a la rueda calendárica y a su finalización.
El
mito es asimismo una de las interpretaciones de la realidad: es la
realidad tal como la interpreta el hombre partiendo de la existencia y
el obrar de fuerzas sobrehumanas, a las que su imaginación da la forma
sensible y corpórea de deidades. Hechos que a nosotros nos parecen
"naturales", porque disponemos de una explicación física racional que
así nos la hace ver -por ejemplo, el eclipse de sol, producido por la
interposición de la luna entre la tierra y el sol-, son para el
pensamiento mágico-mítico sobrenaturales, misterios sólo explicables
como acciones de los dioses. Nuestra interpretación científica de la
lluvia -el agua desde la superficie de la tierra sube, convertida en
vapor, a la atmósfera, forma nubes y vuelve a caer a la tierra- no
hubiera bastado al hombre precortesiano.
También
él, gran observador de la naturaleza, sabía que la lluvia caída del
cielo no es sino la humedad que asciende de la tierra. Pero ¿como llega
al cielo? No puede pensar en procesos de transformación que se realizan
de un modo automático, ni creer que fenómenos como la lluvia -que unas
veces aparece en forma de aguaceros torrenciales y otras no se presenta
en absoluto-, como el crecimiento de las plantas, el movimiento del sol y
la luna, el soplar del viento, sean de índole puramente física. También
él busca una explicación causal. Pregunta cuál es la potencia que
provoca estos fenómenos; y sólo si logra personificar aquella como
espíritu, demonio o deidad, sabe que éstos pueden suceder y suceden en
realidad. Según su modo de pensar la lluvia necesita, para ascender la
ayuda de una divinidad o de seres al servicio de ella. Estos seres son
las serpientes de nubes, que moran en el interior de las montañas. Las
montañas mismas son consideradas una especie de recipientes de agua.
"Por fuera son de tierra, como si fuesen casas llenas de agua"
(Sahagún). Las serpientes de nubes se empapan de agua y luego suben al
Cielo. Por orden del dios de la lluvia se desprenden allí de su valiosa
carga, y la lluvia cae a la Tierra. Así, la serpiente de nubes partida
en dos representa en el Tonalámatl el fin de las lluvias, el comienzo de
la estación seca. Según otra versión, las serpientes de nubes suben el
agua a la morada del dios de la lluvia, donde la vierten en cuatro
estanques. Allí los Tlaloques, auxiliares de Tláloc, llenan sus vasijas;
luego, una vez más por orden suya, la rompen con palos, y el agua riega
los campos. Las serpientes de nubes vuelven a su morada en el interior
de los cerros y duermen durante la estación seca, hasta que las
despierta la voz del dios de l
a
lluvia -el trueno- y les ordena que reanuden su actividad. También se
creía, tercera versión del mito, que la diosa de la Luna recoge el agua
en una olla -la olla en cuyo interior se encuentra un conejo, que es uno
de sus atributos- y que después la vuelca boca abajo, haciendo que el
agua se derrame en la tierra. (El mito mexicano explica la menstruación
por el desbordamiento de la vasija que llena la diosa de la Luna durante
determinado periodo, creando un nexo entre el hecho fisiológico y el
astro nocturno. El recipiente de la diosa lunar se consideraba asimismo
como símbolo del útero). La olla de la diosa lunar sirve además para
interpretar otro fenómeno natural: el crecer y menguar de la Luna. La
Luna crece porque cada día aumenta la cantidad de agua dentro de la
vasija y mengua porque la diosa poco a poco va vertiendo su contenido.
Para que el agua no inunde al mundo, el lucero del alba, precursor del
Sol, mata con su flecha a la serpiente nocturna del agua. Lue
go le cuenta al águila lo que hizo. Esta le ordena al halcón que le traiga la serpiente muerta y la devora. En una imagen
Maya (Codice Tro-Cortesiano, lamina 15, imagen de la derecha), el dios
de la lluvia (Tlaloc) golpea con el hacha "que abre camino a las nubes"
un rectángulo, que, según los jeroglíficos inscritos en él, simboliza la
bóveda celeste. De este Cielo rectangular pende boca abajo una olla. El
agua de la lluvia cae sobre el cuerpo de la serpiente de nubes;
entonces ésta, que previamente ha subido el agua al Cielo, vuelve a
bajarla a la tierra.El
Sol avanza por el Cielo, porque cuando nace, lo pone en marcha el soplo
del dios del viento; se mantiene en la altura gracias a las dos
serpientes rojas llamadas Xixiuhcoa, que lo conducen durante su carrera.
En el Códice Vindobonensis una de ellas lleva el Sol a cuestas.
a
lluvia -el trueno- y les ordena que reanuden su actividad. También se
creía, tercera versión del mito, que la diosa de la Luna recoge el agua
en una olla -la olla en cuyo interior se encuentra un conejo, que es uno
de sus atributos- y que después la vuelca boca abajo, haciendo que el
agua se derrame en la tierra. (El mito mexicano explica la menstruación
por el desbordamiento de la vasija que llena la diosa de la Luna durante
determinado periodo, creando un nexo entre el hecho fisiológico y el
astro nocturno. El recipiente de la diosa lunar se consideraba asimismo
como símbolo del útero). La olla de la diosa lunar sirve además para
interpretar otro fenómeno natural: el crecer y menguar de la Luna. La
Luna crece porque cada día aumenta la cantidad de agua dentro de la
vasija y mengua porque la diosa poco a poco va vertiendo su contenido.
Para que el agua no inunde al mundo, el lucero del alba, precursor del
Sol, mata con su flecha a la serpiente nocturna del agua. Lue
go le cuenta al águila lo que hizo. Esta le ordena al halcón que le traiga la serpiente muerta y la devora. En una imagen
Maya (Codice Tro-Cortesiano, lamina 15, imagen de la derecha), el dios
de la lluvia (Tlaloc) golpea con el hacha "que abre camino a las nubes"
un rectángulo, que, según los jeroglíficos inscritos en él, simboliza la
bóveda celeste. De este Cielo rectangular pende boca abajo una olla. El
agua de la lluvia cae sobre el cuerpo de la serpiente de nubes;
entonces ésta, que previamente ha subido el agua al Cielo, vuelve a
bajarla a la tierra.El
Sol avanza por el Cielo, porque cuando nace, lo pone en marcha el soplo
del dios del viento; se mantiene en la altura gracias a las dos
serpientes rojas llamadas Xixiuhcoa, que lo conducen durante su carrera.
En el Códice Vindobonensis una de ellas lleva el Sol a cuestas.
El
hecho de que el árbol dé frutos, frutos comestibles, sólo puede
explicarse suponiendo la intervención de un ser divino que los baja del
Cielo. Esa Pomona mexicana es la cigarra. Los dioses atavían a esa hija
suya con suntuosos "vestidos", es decir, con los botones de los árboles
frutales, "con todos los botones que hay". Adornada de tal manera, suele
presentarse algunos meses antes de empezar la estación de las lluvias,
precisamente en la temporada en que maduran muchas frutas. Ella es quien
las trae, y con su chirrido invita a los hombres a tomarlas. Ya
"desvestida", regresa al Cielo. Luego la diosa de la Tierra y de la Luna
recoge en las diferentes partes del mundo los "vestidos", o sea las
flores, y las cuelga como estrellas en el Cielo nocturno -algo como una
resurrección-, hasta que en el año siguiente sirven de nuevo para
"ataviar" a la cigarra.
Para
el pensamieno mítico la causa operante es siempre acto de los dioses.
"No hay ninguna cosa puramente pensada o imaginada que no sea al mismo
tiempo algo real y operante", dice Ernst Cassirer (Philosophie der Symbolformen),
hablando del mito. El pensamiento físico-matemático, en cambio, es más
bien construcción abstracta. Se esfuerza por desarrollar métodos
adecuados para transformar la cosa puramente vista en cosa pensada.
Desmaterializa el fenómeno para reducirlo a elementos radicales que
hagan posible su clasificación, es decir, para comprobar a) los
elementos idénticos, de los cuales resultan coincidencias, b) los
elementos disímiles, de los cuales resultan diferencias. De esta suerte
se crean normas en que basar un orden y un sistema científico. El homo sapiens es una abstracción de ese tipo. Unamuno (del sentimiento trágico de la vida),
que contrapone al hombre abstracto con el hombre de carne y hueso dice
de aquél: "Un hombre que no es de aquí o de allí, ni de esta época o de
la otra, que no tiene ni sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir, un
no hombre." Max Planck definió alguna vez la tarea de la física en la
forma siguiente: "El físico tiene que medir todas las cosas mensurables y
reducir todas las cosas inmensurables a mensurables." Para el
pensamiento propio de las ciencias naturales, la explicación de la
realidad es la fórmula; en el pensamiento mítico lo es la deidad.El
mito es para el hombre del México prehispánico la realidad que forma e
informa su vida, su pensamiento, su fe, su conciencia y también su
subconsciente. Gracias al mito comprende el cosmos y su propia posición
en él. En el mito descubre el sentido y significado de su circunstancia
terrestre y de sus vivencias metafísicas -entre las cuales, para su modo
de pensar, no hay límite, ni diferencia: no distingue entre los
fenómenos sensibles y los suprasensibles. El mito es una fuerza más
vigorosa y arraigada en estratos más profundos que la razón. Para el
hombre que no adquiere sus conocimientos mediantes procesos de
abstracción, el mito es la ciencia que le pone en condiciones de
resolver sus problemas vitales a su propia manera, es decir, de acuerdo
con sus representaciones. No pregunta si acaso puede haber otras
soluciones; está convencido de que las únicas exactas, acertadas y
posibles son las que le ofrece el mito -que, según Durkheim (Les formes élémentaires de la vie religieuse),
refleja asimismo la estructura de la sociedad en cuyo seno surge- se
hallan reunidas las experiencias, legadas de generación en generación y a
las que la comunidad debe pr
opiamente
su existencia, que la van modelando y sin las cuales no puede
subsistir. Que al dios del Sol haya que alimentarlo con sacrificios y
que el sacrificio del hombre sea necesario para que la deidad conserve
sus fuerzas, no es para el mundo mesoamericano una representación que se
pueda tomar o dejar: es un hecho tan real como lo es para el químico
que el agua se compone de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Así,
la profecía de un sacerdote maya, mencionada en el Libro de Chilam Balam de Tizimín, que
se refiere a la llegada de los españoles, es, desde el punto de vista
el sacerdote, perfectamente lógica. Dice: "Perdida será la ciencia,
perdida será la sabiduría verdadera." En
el México antiguo, que basa su concepción del mundo, sus ideas y su
pensamiento en el principio del dualismo, falta, sin embargo, el
dualismo que rige la relación entre vida y fe. El mito no es un dominio
al margen de la vida; no es la satisfacción de las necesidades
metafísicas, posterior o simultánea a la satisfacción de las necesidades
materiales: abarca la totalidad de la vida, tanto la religiosa como la
profana, que de todos modos está religiosamente determinada. Cualquier
empresa, de la índole que fuere, sólo tiene sentido, sólo ofrece
posibilidades de éxito, si se realiza en consonancia con la voluntad y
ayuda de los dioses. El campesino cultiva su campo y lo siembra, pero la
germinación y el crecimiento de las plantas es obra de las deidades,
cuya colaboración debe grangearse el hombre siguiendo las instrucciones
del mito. El guerrero no sólo es guerrero de Huitzilopochtli o de
Tezcatlipoca, en el sentido de que uno u otro es el patrono de la tropa a
que pertenece: lucha y muere en cumplimiento de la obligación religiosa
que le ha sido impuesta. Dentro de ese mundo anclado en el mito no es
concebible que alguien que carezca de fe pueda ser un buen campesino, un
buen guerrero, un buen comerciante. Desentenderse de las concepciones y
exigencias del mito no sólo sería peligroso -pues provocaría el castigo
de la deidad-; sería sobre todo locura, porque es locura la confianza
del hombre en su propia fuerza. La
percepción del mundo "no es asunto de los ojos, es asunto del hombre
todo y de su actitud anímica ante la vivencia de la naturaleza" (Wilhelm
Worringer, El arte egipcio). Lo que los sentidos transmiten es
apariencia, cosa problemática, susceptible de diversa interpretación.
La interpretación mítica no se limita al aspecto físico, sino que se
basa en las representaciones cósmicas del hombre. El mito presta
significación e importancia al fenómeno; transforma el mundo de la
apariencia
en una realidad encantada. Igual que la religión, tiene la virtud de
transustanciar el pan en carne, el vino en sangre. El encuentro
"deportivo" del juego de pelota se vuelve lucha entre deidades -Xólotl o
Tezcatlipoca contra Quetzalcoatl- y se convierte en cuestión crucial
para la comunidad; pues el triunfo del dios representante de la noche y
de la muerte significa y vaticina infortunios venideros. En el "Canto
que entonaban cada ocho años cuando comían tamales", recogido por
Sahagún, el campo de juego se designa con la palabra navalachco, esto
es "la plaza mágica del juego de pelota". La pelota de hule que se
dispara por el aire simboliza la esfera solar. Las cuatro divisiones de
la plaza, dos claras y dos oscuras, representan al mundo del Sol y al
mundo inferior. Si el juga
dor
logra que la pelota pase por la argolla adornada con el símbolo de
Xiuhcóatl, la serpiente de fuego, esto significa la puesta del Sol, su
hundimiento en el seno de la Tierra; significa noche frío, muerte.
Francisco del Paso y Troncoso llama a las dos argollas "las dos piedras
de la suerte". Lo que en ese juego sagrado excita al espectador, no es
sólo la agilidad de los jugadores, sino la manifestación de los
designios divinos; al calor de la lucha que presencia nace su emoción,
el éxtasis religioso, que aumentan su anhelo de servir a los dioses, de
contribuir al mantenimiento del universo. Danza y sacrificio -esto es,
solemne adoración de las divinidades, invocación de su benevolencia-
constituyen el último acto de la fiesta. De
esta manera el mito metamorfosea todo acaecer, cualquier fenómeno; lo
priva de su condición terrenal y le confiere una nueva naturaleza
reveladora de ese misterio que es la realidad y la existencia del hombre
en ella.
opiamente
su existencia, que la van modelando y sin las cuales no puede
subsistir. Que al dios del Sol haya que alimentarlo con sacrificios y
que el sacrificio del hombre sea necesario para que la deidad conserve
sus fuerzas, no es para el mundo mesoamericano una representación que se
pueda tomar o dejar: es un hecho tan real como lo es para el químico
que el agua se compone de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Así,
la profecía de un sacerdote maya, mencionada en el Libro de Chilam Balam de Tizimín, que
se refiere a la llegada de los españoles, es, desde el punto de vista
el sacerdote, perfectamente lógica. Dice: "Perdida será la ciencia,
perdida será la sabiduría verdadera." En
el México antiguo, que basa su concepción del mundo, sus ideas y su
pensamiento en el principio del dualismo, falta, sin embargo, el
dualismo que rige la relación entre vida y fe. El mito no es un dominio
al margen de la vida; no es la satisfacción de las necesidades
metafísicas, posterior o simultánea a la satisfacción de las necesidades
materiales: abarca la totalidad de la vida, tanto la religiosa como la
profana, que de todos modos está religiosamente determinada. Cualquier
empresa, de la índole que fuere, sólo tiene sentido, sólo ofrece
posibilidades de éxito, si se realiza en consonancia con la voluntad y
ayuda de los dioses. El campesino cultiva su campo y lo siembra, pero la
germinación y el crecimiento de las plantas es obra de las deidades,
cuya colaboración debe grangearse el hombre siguiendo las instrucciones
del mito. El guerrero no sólo es guerrero de Huitzilopochtli o de
Tezcatlipoca, en el sentido de que uno u otro es el patrono de la tropa a
que pertenece: lucha y muere en cumplimiento de la obligación religiosa
que le ha sido impuesta. Dentro de ese mundo anclado en el mito no es
concebible que alguien que carezca de fe pueda ser un buen campesino, un
buen guerrero, un buen comerciante. Desentenderse de las concepciones y
exigencias del mito no sólo sería peligroso -pues provocaría el castigo
de la deidad-; sería sobre todo locura, porque es locura la confianza
del hombre en su propia fuerza. La
percepción del mundo "no es asunto de los ojos, es asunto del hombre
todo y de su actitud anímica ante la vivencia de la naturaleza" (Wilhelm
Worringer, El arte egipcio). Lo que los sentidos transmiten es
apariencia, cosa problemática, susceptible de diversa interpretación.
La interpretación mítica no se limita al aspecto físico, sino que se
basa en las representaciones cósmicas del hombre. El mito presta
significación e importancia al fenómeno; transforma el mundo de la
apariencia
en una realidad encantada. Igual que la religión, tiene la virtud de
transustanciar el pan en carne, el vino en sangre. El encuentro
"deportivo" del juego de pelota se vuelve lucha entre deidades -Xólotl o
Tezcatlipoca contra Quetzalcoatl- y se convierte en cuestión crucial
para la comunidad; pues el triunfo del dios representante de la noche y
de la muerte significa y vaticina infortunios venideros. En el "Canto
que entonaban cada ocho años cuando comían tamales", recogido por
Sahagún, el campo de juego se designa con la palabra navalachco, esto
es "la plaza mágica del juego de pelota". La pelota de hule que se
dispara por el aire simboliza la esfera solar. Las cuatro divisiones de
la plaza, dos claras y dos oscuras, representan al mundo del Sol y al
mundo inferior. Si el juga
dor
logra que la pelota pase por la argolla adornada con el símbolo de
Xiuhcóatl, la serpiente de fuego, esto significa la puesta del Sol, su
hundimiento en el seno de la Tierra; significa noche frío, muerte.
Francisco del Paso y Troncoso llama a las dos argollas "las dos piedras
de la suerte". Lo que en ese juego sagrado excita al espectador, no es
sólo la agilidad de los jugadores, sino la manifestación de los
designios divinos; al calor de la lucha que presencia nace su emoción,
el éxtasis religioso, que aumentan su anhelo de servir a los dioses, de
contribuir al mantenimiento del universo. Danza y sacrificio -esto es,
solemne adoración de las divinidades, invocación de su benevolencia-
constituyen el último acto de la fiesta. De
esta manera el mito metamorfosea todo acaecer, cualquier fenómeno; lo
priva de su condición terrenal y le confiere una nueva naturaleza
reveladora de ese misterio que es la realidad y la existencia del hombre
en ella.
Coatlicue.
"Señora de la falda de serpientes", madre del Sol, la Luna y las
estrellas del Sur, diosa de la Tierra y de la Muerte, y también
relacionada con la primavera; en definitiva, la Diosa Madre. Según el
mito, Coatlicue dio a luz a Coyolxauhqui, la Luna, y sus 400 hermanos
-estrellas del Sur- se retiró a un templo y se hizo sacerdotisa. Un día,
mientras barría, encontró una bola de plumón que se guardó dentro de la
blusa. El plumón desapareció pero Coatlicue se sintió embarazada. Esto
enfureció a sus hijos e hija, que fueron a matarla. En ese momento nació
Huitzipochtli, dios de la Guerra y dios tribal de los aztecas. Expulsó a
sus hermanos -las estrellas- con una serpiente de fuego- un rayo solar-
como sigue haciendo todas las mañanas.
En esta versión de la diosa, sin rasgos humanos, la cabeza ha sido sustituida por dos chorros de sangre simbolizados por las dos serpientes de perfil enfrentadas.
Así
como el mito transforma al fenómeno, así transforma también el modo de
ver. Lo demuestra el caracter del arte antiguo de México, tan dificil de
comprender para quienes se educaron sujetos a otras normas ópticas y
espirituales. Lo que distingue a la Coatlicue Mayor de la Venus de Milo
es su estilo artístico, pero asimismo y ante todo los diferentes
conceptos de la deidad que tienen el azteca y el griego. Como es
radicalmente distinta la vivencia metafísica, punto de partida del crear
mexicano, es radicalmente distinta la concepción artística. Si nuestro
criterio es la voluntad de la Forma cuajada en la obra de arte, sabemos
que en la creación no es sólo decisivo lo que ve el artista, sino cómo
lo ve y desde qué actitud espiritual. Y hay que darse cuenta de que el
ojo humano omite y añade. No trabaja como la cámara fotográfica: detras
de él se halla un cerebro que escoge, hace resaltar lo que considera
esencial, elimina lo que considera secundario; detrás de él hay una
emoción, que pone acentos, y a veces acentos muy fuertes. El acto de
ver, que sólo en personas de espiritualidad rudimentaria es un proceso
mecánico, está sujeto a la razón y al sentimiento. La selección que el
hombre realiza al recibir las impresiones ópticas muestra lo que para él
es la realidad. El hombre del Mexico prehispánico, arraigado en el
mito, impregnado de este, recurre al mito para interpretar lo que ve. Ve
a través del mito. Al pensamiento mítico le corresponde un ver mítico:
un ver que descubre en todo fenómeno un sentido mítico. Para aquel
hombre el colibrí no es un simple pájaro, es decir, un animal
vertebrado, cubierto de plumas, ovíparo, de sangre caliente. Es, primero
y ante todo, lo que el mito hace de él: un símbolo de la resurrección. Y
cuando lo representa, su representación sólo es "exacta" -exacta para
él- si expresa este significado, sin que importe hasta qué punto
concuerde con el modelo natural. La transmutación, que no se debe a
razones estilísticas impuestas por una u otra tendencia artística, se
realiza en la conciencia y en el subconsciente, puesto que entrambos
determinan el ver.
El
realismo, la más vaga de las fórmulas artísticas, no es un modo de
expresión, sino un modo e ver. Arte griego, arte gótico o barroco,
cubismo y surrealismo son "estilos". En ellos la creación está regida
por una ley formal, expresión del pensar y sentir de la época y del
creador. También en el México antiguo hay "estilos": el estilo olmeca,
el totonaca, el teotihuacano, el zapoteca, el tarasco, el maya, etc.,
diferentes entre ellos como lo eran las culturas, y, dentro de éstas,
las etapas denominadas "horizontes culturales".
Desde
hace más de cien años se ha tratado de aplicar el concepto de realismo a
determinado estilo, o más bien a varios estilos sucesivos, todos ellos
tendentes a la reproducción ilusionista del mundo y comprensibles sin
más para amplias capas de público, carentes, por su mentalidad
racionalista-mecanicista, de un criterio espiritual. Courbet, por cierto
un pintor de innato ímpetu creador, dio la siguiente definición de esta
actitud artística (en el catálogo de su exposición del año 1855): el
realismo "solo puede consistir en la representación de cosas que sean
para el artista visibles y palpables. Pues la pintura es un lenguaje
enteramente físico; un objeto abstracto, invisible, no existe, no es de
su dominio". Esta actitud ¿no la podriamos considerar como un fenómeno
de decadencia, característico de una época para la cual la vida no es
sino un proceso fisiológico y que ve el sentido exclusivo de la
existencia en la satisfacción de las necesidades materiales...?
La
objetividad de un realismo artístico reside en su concordancia con la
vigente concepción del mundo. Así hay un realismo helénico, un realismo
gótico, el realismo burgués y el socialista. Es natural que haya también
un realismo mesoamericano. Lo que distingue esos realismos uno del otro
es la mentalidad desde la cual parte la visión. El griego llega a la
idealización del cuerpo humano porque su ojo introduce en la realidad su
"ideal de belleza", que es para su modo de percepción lo esencial.
Pasar por alto los defectos del físico humano, eliminarlos o corregirlos
de acuerdo con su ideal, no es para falsear la realidad, sino adaptarla
a su concepto de la naturaleza. El artista gótico intuye en el fenómeno
real la potencia creadora de Dios. Y lo que se esfuerza por reproducir
con máxima fidelidad es esa divinidad de todo lo creado, ese espíritu de
lo supramundano y suprasensible, que él tiene por "visible y palpable",
para citar la frase de Courbet. El árbol sagrado de los mayas es el Yaccé, la ceiba, "la gran madre Ceiba" como dice el Popol-Vuh; crece en el paraiso (Morley, La civilización maya).
En la plaza principal de todas las poblaciones mayas hay una ceiba. "La
sahuman con braseros, tienen por muy asentado que en las raíces de
aquella Ceiba son por donde viene su linaje" (Nuñez de la Vega).
Como
Yggdrasil, el "fresno cósmico" de los germanos, el árbol es también
entre los pueblos de México antiguo el símbolo del universo. En su
figura representa los tres reinos del mundo: el inframundo (la raiz), la
Tierra (el tronco), el Cielo (la copa). La raíz, indispensable en la
representación plástica del árbol, que sin ella no sería árbol, tiene la
forma de unas fauces de serpiente abiertas, signo de la diosa de la
Tierra. Esto significa que pertenece al reino inferior. El tronco, que
en la parte de abajo es un óvalo de amplias curvas, representa la
silueta de un mujer encinta, lo cual lo caracteriza como
símbolo
de la fecundidad. La copa representa la esfera del Cielo. En cada una
de las cuatro ramas, a la que se limita su representación y que están
orientadas hacia los puntos cardinales, se posa un ave sagrada: son
cuatro deidades en figura de ave. En los dibujos de los códices el
tronco es liso del todo; no tiene ni ramas, ni hojas.
El
árbol no existe como fenómeno botánico. (Dicho sea de paso, en todo el
arte mesoamericano no hay, que yo sepa, ninguna imagen de bosque.) Su
apariencia visible no es descrita. Las representaciones de árboles no
hacen sospechar que hay varias y muy distintas clases de ellos. Para ese
arte el árbol es un signo; un signo que sirve para interpretar una
concepción mítica. En las pinturas murales y en los códices se buscará
en vano una representación en que el árbol aparezca como accesorio
decorativo o como requisito para dar la idea de algo parecido a un
paisaje. Es cierto que en el mural del Paraíso Terrenal, en Teotihuacán,
hay un río y en su orilla una hilera de árboles, pero la función tanto
del agua como de los árboles es tan sólo la de simbolizar la plenitud y
la fertilidad y hacer fascinante la noción del Paraíso.(...)
Detalle del mural del Paraíso Terrenal con río y árboles en hilera
El
paisaje del arte mesoamericano es un paisaje mítico. Aunque basado en
una concepción metafísica totalmente distinta, es afín al cuadro
paisajista del arte chino, en el cual el hombre del Extremo Oriente
testifica su comunión con la naturaleza, su íntima consonancia con el
universo. El arte europeo, a partir de Rembrandt, ha descubierto que
plasmar el temple de la naturaleza es un poderoso recurso para expresar
vivencias anímicas y emoción lírica. "Sobre los árboles, la luna plena y
grande." Esta imagen poética, que en Europa ha fascinado tanto a los
escritores y pintores como al público, no podía ser objeto de
representación artística en el México antiguo. ¿No conocían sus hombres
aquella experiencia? Los distinguia de nosotros su sensibilidad, su
actitud ante lo metafísico y, sobre todo, su subconsciente, gran
manantial de inspiraciones y vivencias poéticas. No veían en la Luna
llena sólo una imagen de la paz de la naturaleza: para ellos la diosa
lunar, que, despues de haber sido despedazada, ha vuelto a recuperar su
integridad, es símbolo de la indestructible fuerza de la vida. La pintura del México precortesiano no caracteriza el árbol según su género botánico, sino según su categoría mítico-religiosa.

Cruz de Palenque
El
árbol (o la planta del maíz) sirve a menudo para indicar los puntos
cardinales. En esta caso el tronco y dos ramas horizontales forman una
cruz (el ejemplo más conocido es la Cruz de Palenque, relieve de estuco
del Templo de la Cruz), en cuyos brazos se posan sendas aves sagradas:
en el Este, región del Sol de Levante, del planeta Venus, de la
resurrección, es el quetzal; en el Norte, tierra de la muerte, del frío,
de la sequedad, es el águila; en el Oeste, región de las diosas
terrestres, del nacer y morir, es el colibrí; el pájaro del Sur, cuyo
regente es Huitzilopochtli, región del fuego y del calor, es la
guacamaya. (Sobre la Cruz de Palenque se posa un quetzal, es decir, la
región simbolizada es el Este.) El quinto punto cardinal, o se
a
el centro, las regiones superior e inferior, morada del dios del fuego,
se representa en el Códice Borgia (lámina 53, imagen de la derecha) por
una mata de maiz que brota de la diosa de la Tierra. Esta se halla
tendida boca arriba en la milpa. La máscara del dios de la muerte le
cubre el rostro. Del maizal surge la silueta dentada de cipactli, signo
de la Tierra y la fertilidad. Alrededor de la planta hay un círculo,
que simboliza el agua, el mar que rodea la Tierra. Las ramas llevan, en
lugar de flores, mazorcas de maiz. Junto al tronco vemos arrodilladas a
dos deidades que se sacan sangre para fecundar a la Tierra con su
autosacrificio. Frecuentemente aparece un árbol quebrado o roto, símbolo
de lo viejo, de los tiempos remotos, jeroglífico de Tamoanchan, el
paraiso perdido.
a
el centro, las regiones superior e inferior, morada del dios del fuego,
se representa en el Códice Borgia (lámina 53, imagen de la derecha) por
una mata de maiz que brota de la diosa de la Tierra. Esta se halla
tendida boca arriba en la milpa. La máscara del dios de la muerte le
cubre el rostro. Del maizal surge la silueta dentada de cipactli, signo
de la Tierra y la fertilidad. Alrededor de la planta hay un círculo,
que simboliza el agua, el mar que rodea la Tierra. Las ramas llevan, en
lugar de flores, mazorcas de maiz. Junto al tronco vemos arrodilladas a
dos deidades que se sacan sangre para fecundar a la Tierra con su
autosacrificio. Frecuentemente aparece un árbol quebrado o roto, símbolo
de lo viejo, de los tiempos remotos, jeroglífico de Tamoanchan, el
paraiso perdido.
En
estas representaciones míticas está anclada la concepción de la
naturaleza del hombre mesoamericano; darles expresión mediante signos y
formas: en esto consiste su realismo.

Códice Borgia

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